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Nuevas metáforas, nuevas metas, nuevos motivos

Junio23

Para Agustín Fernández Mallo, la velocidad y el tocino sí tienen algo que ver. Este físico gallego, afincado en Mallorca, es la última estrella del rock de las letras hispanas. Con dos tercios del Proyecto Nocilla publicados (Nocilla Dreams y Nocilla Experience) y uno en camino, y un ensayo sobre poesía finalista del Premio Anagrama de Ensayo, este autor, nacido en 1967, se empeña en irrumpir en el panorama literario a lomos de algo distinto.

Su última publicación ha sido el susodicho ensayo Postpoesía, un trabajo en el que vierte una visión de la poesía en español pasada y futura, rumiada durante lustros a los mandos de una pluma. Fernández Mallo (como refleja en las dos entevistas que incluye en su blog El hombre que salió de la tarta) arremete contra un satus quo inmóvil y caducado

“Los temas, los campos semánticos, no cambian, son siempre los mismos: el cuerpo, la naturaleza artificial, el yo, las relaciones personales,etc. Pero sí cambian las formas en que eso se articula a través de los diferentes lenguajes. (…) Las metáforas también se gastan”

Agustín Fernández Mallo reivindica la poesía existente en la publicidad, el videoarte o la ciencia. Acusa a la clase poética de ser poco receptiva a las nuevas metáforas. Redes sociales,  marcas, grafittis,…forman parte del vocabulario de cualquier mente creativa del siglo XXI: por qué exiliarlos de las antologías poéticas.

Un botón:

Hay una aparente paradoja en todo esto:
el agua es transparente pero oscurece la ropa,
hacemos cola en el fast food
(graffiti-comida), nos gusta la Nocilla,
el café aguado, el aire
que revuelven tus dedos y no vuelve, la vista
de la calle a través del cristal manufacturado.
Nos gusta lo que, existiendo,
no existe,
comprar camisetas blancas y zapatos caros,
silbar aquella canción de Roxy
fue la señal, nos gusta, sobre todo,
pensar el cielo en la tierra,
saber que tenemos razón para que
nos traiga sin cuidado tenerla.
Nos gusta comprar discos repetidos
de Esplendor Geométrico, vivir
una manzana más abajo de la cabeza de Newton,
(llovió y no quiero secarte el pelo, árbol de navidad de agua)
nos inquieta la pregunta: por qué los aviones
toman tierra y no derrapan, por qué los libros
son más altos que anchos, por qué el amor
(solución de una ecuación irresoluble) finge
su existencia.
Sabemos que el firmamento es cavidad resonante
de mensajes que se perdieron, y de aquellos que nos llegan
el emisor ha muerto. Sabemos la contradicción
de guerra humanitaria, que gana
quien derrama más sangre y después escucha
(graffiti-concierto) a Bach en los escombros del patio,
yo mismo a veces creo haber defraudado tanto
que me entregaría al cuerpo de cualquiera,
a lo que es pura ruina y carencia
y como el agua oscurece.
Me muero por piratear esta noche
los 50 gigabytes de tus pezones,
y qué más da Punk No Dead que Opus Dei Forever
si te imaginas que al final el cielo fuera sólo un anuncio
de papel Albal nos tararea Sr. Chinarro
en la ranura de tu sexo. Hay una aparente paradoja
en todo esto: envasado al vacío nos vendemos tiempo.

Nuevas metas

“El neovanguardismo contenía aún utopías, aún se creía que la poseía, así como el resto de disciplinas desarrolladas por el hombre, podían cambiar el mundo, ya que el concepto del timepo era aún lineal, en justa correspondencia con el tiempo cristiano (es decir, de la Creación al Apocalipsis). La postpoesía asume que la sociedad contemporánea es una esfera en la que se mezclan muchos vectores temporales de direcciones y sentidos muy diferentes, de tal manera que no existe un timepo lineal sino rizomático

La Postpoesía según Fernández Mallo carece de una finalidad clara. No pretende cambiar el mundo, porque nace en el seno de una sociedad que entiende que el mundo es demasiado complejo para cambiarlo. El poeta puede aportar su granito de arena con el mismo espíritu de cambio con el que vota un votante, coopera un cooperante o dona un donante. “A lo mejor nadie puede cambiar el mundo solo, pero no está de más poner un poco de tu parte”.

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